Parsimonia

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Hoy quiero poner sobre la mesa un principio básico de la vida que ha salido en varias de mis conversaciones recientes y que me da la impresión de que el contexto en que nos desempeñamos hoy no nos ayuda a tener presente. La parsimonia es un principio que se ha vuelto relevante en los procesos científicos de nuestra era como preferir la explicación más simple disponible. Es decir, cuando un fenómeno se puede explicar, o modelar, de distintas formas, por “principio de parsimonia” se toma la más simple, buscando que todo lo que de ahí derive no tenga que cargar con complejidad innecesaria.
Yo quiero invitarlos a pensar en este principio desde esta perspectiva y desde una visión más general pensarlo como: hacer las cosas con la complejidad necesaria y no más. ¿Por qué me parece importante esto y qué tiene que ver con nuestro contexto? El desarrollo científico e industrial que nos rodea nos ha armado con una cantidad muy importante de herramientas y capacidades para hacer más y hacerlo mejor. Sin embargo, parece que nos educaron, o instruyeron, a utilizar las más posibles en toda circunstancia, haciendo que olvidemos por un momento que lo importante no es qué tan sofisticado sea lo que desarrollamos sino qué tan bien resuelve lo que estamos buscando atender.
Si volteamos a nuestro alrededor, vamos a encontrar muchas propuestas de una elaboración fascinante y con un trasfondo de una complejidad encantadora, que si nos ponemos en la posición del usuario final quizá aporten poco o nada. Y, por el contrario, encontraremos también algunas propuestas que carecen de parafernalia innecesaria, aunque contengan su complejidad intrínseca, pero cuya propuesta de valor es tan clara que al usuario final le resulta natural su aprovechamiento y ni siquiera se poner a pensar en la cantidad de cosas que podrían estar pasando detrás.
Pensemos en la industria de los automóviles (sí, otra vez). Todos nos hemos subido a un coche, sabemos que su finalidad es transportarnos a nosotros, algunos otros pasajeros y algunos objetos del punto A al punto B. Los que manejamos, simplemente sabemos que hay algunos pedales, palancas y manivelas que si operamos correctamente vamos a poder llegar con bien al destino y lo operamos a través de algo tan simple que lo terminamos mecanizando y haciéndolo sin pensarlo. La pregunta es: ¿se han puesto a pensar todo lo que pasa mientras hacen eso? ¿La cantidad de sensores que interactúan? ¿La cantidad de experimentos fallidos? ¿Las horas de investigación necesarias? ¿La cantidad de tecnología que estamos dirigiendo con nuestros pies y manos? ¿La precisión de interacciones? Claro que no, chocaríamos todo el tiempo si tuviéramos que pensar en eso. En parte, esto es lo que ha permitido que los automóviles sean tan exitosos, son una solución que no expone a toda su complejidad al usuario.
Entonces, ¿ganamos algo con decirle a nuestro cliente “mira todo el esfuerzo que tuve que poner en hacer este producto”? ¿No sería mejor decirle “mira todo lo que mi producto hace por ti”? Pasemos de nuevo a la perspectiva del consumidor, ¿pagarías más por un producto que costó trabajo hacer o por un producto que te ofrece atributos que necesitas? Claro, vamos por los atributos. Aun así, cuando diseñamos, nos gusta creer que lo que estamos poniendo frente al consumidor está aprovechando todo el herramental tecnológico moderno.
Mi conclusión de varías discusiones sobre funcionalidad contra complejidad es que primero es la funcionalidad, qué tiene que hacer la cosa, y la complejidad vendrá de qué tan complicado es lograr que lo haga. Las empresas digitales de transporte privado no tienen la necesidad de decirnos que resuelven con una heurística un problema abierto de las matemáticas, lo que nos dicen es que siempre nos asignarán a un conductor conveniente para que pase a recogernos. El foco, una vez más, en la solución, no en la respuesta.
¿Tú cómo diseñas tus productos? ¿Te concentras en lo que quieres lograr o te gana la emoción de ponerle adornos sofisticados? ¿Cómo traduces esa sofisticación al usuario?

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